Lofer Contaras y Servicios , pero que se contrata y que servicios da ??

Pues es una empresa de subcontratacion de personal, que ....  bueno todos sabemos a que se dedican esas empresas, y que por desgracia siempre las tendremos .

Aqui os paso un articulo sobre este tipo de empresas

Doce mil personas de la región trabajan en la economía sumergida en el sector de la construcción. De ellos, la mayoría son inmigrantes: sin papeles o desempleados. Son el blanco fácil de los intermediarios o «pistoleros» que los reclutan para subcontratas. Así lo aseguró a ABC Gerardo de Gracia, secretario general de Fecoma (Federación de la Construcción de Madrid). Según sus cálculos, del total de empresas de la construcción, que cifró en 18.000, entre 2.500 y 3.000 se nutren de esta mano de obra a la que pagan unos sueldos de miseria, eludiendo las cotizaciones a la Seguridad Social y a Hacienda, al margen de la explotación de los trabajadores, que no reciben ningún recibo a cambio de su salario y se mueven en la total y absoluta invisibilidad. El descenso de la actividad, provocado por la crisis económica del sector, está propiciando que predominen estas situaciones, afirma el responsable sindical. Y ello, a pesar de la entrada en vigor de la ley de Subcontratación de la construcción, que no ha puesto coto, de momento, a estas prácticas ilegales. Su objetivo es limitar la subcontratación en cadena, ejercer un mayor control sobre las mismas y aumentar la estabilidad del empleo. La norma reconoce la subcontratación como un mecanismo empresarial legítimo, pero establece las garantías necesarias para evitar que se convierta en un instrumento propiciador de la precariedad laboral. De ahí que limite a un solo nivel la subcontrata, en casos de actividades de mano de obra intensiva y hasta tres, para trabajos especializados. Además, exige a todas las empresas que se inscriban en un registro en el que deben constar todas las firmas que quieran actuar como contratistas o subcontratistas, cumpliendo una serie de requisitos mínimos. Hasta la fecha, de las 18.000 empresas de la construcción existentes en la Comunidad, casi la mitad, el 40%, no ha superado las condiciones. CC.OO. considera que un 10% pueden ser subsanables, pero, el resto, que cifró en un tercio, obedecen a los que actúan al margen de la ley: a los intermediarios o «pistoleros». «Aportan nombres falsos y datos incorrectos. Son traficantes de trabajadores cuya oficina es su coche. Con él y varios teléfonos tiene montando su negocio», indicó. Tras subrayar que los inmigrantes son las víctimas propicias, al estar perjudicados doblemente por la crisis -o bien por carecer de empleo o por que han agotado o están a punto de hacerlo la prestación de desempleo, entre otras cosas, por su corto periodo de cotización-, reclamó al Gobierno central y regional que haga que éstos pasen por el registro y se legalicen si quieren seguir en el mercado. Por ello, CC.OO. exigió a la administración que sea «más rigurosa en la aplicación de la norma y sanciones ejemplares, contundentes y rápidas». Los sindicatos indican que este sistema lo utilizan tanto grandes, como pequeñas y medianas empresas, que, en ocasiones desconocen lo que sucede a sus espaldas. Paloma Gil, de la Federación de la Construcción de UGT, indicó que cada día la media de quejas presentadas por los trabajadores objeto de estos abusos ronda las cinco, lo que eleva la cifra a 80 al mes. «No hay mucho que hacer porque el 90% desconoce cómo se llama el negocio para el que trabajan. Si lo saben, o conocen cómo se llama la empresa principal, están amparados». A algunos les hacen trabajar con papeles a nombre de una segunda persona y los impagos están a la orden del día. Los subsaharianos son objeto de más abusos, porque desconocen el idioma. De la parte que percibe el trabajador reclutado por esta vía, el «pistolero» se lleva otra. Por ejemplo. de 40 euros se queda con 15. «Están a su merced; les llevan y les traen y desconocen todo. Ni siquiera saben adónde van». UGT confía en que a medio y largo plazo, «la ley surtirá efectos y acabará con estas prácticas», no obstante pide más control de la administración.

Otra noticia similar del pais de hace un par de años

Son casi las seis de la mañana y unos 20 hombres pueblan una cervecería, frente a la madrileña plaza Elíptica, en cuyo chaflán pronto aparcarcan las furgonetas y demás vehículos de los llamados pistoleros, los reclutadores de obreros. Son sólo una parte del más de un centenar de inmigrantes, en su mayoría originarios de Suramérica, África y Europa del Este, sin documentos en regla, que esperaban ayer lunes desde antes de las seis de la madrugada en la rotonda de la plaza a ser reclutados para trabajar en obras de construcción en algún punto de la Comunidad de Madrid.

"Aquí todos saben a qué vienes: ofrecer mano de obra barata y sin papeles para trabajar en la construcción", explica Luis, un peruano, que conseguirá una chamba (empleo) en dirección indefinida y con horario y sueldo a negociar. El frío congela las extremidades y cala los huesos. Por eso, los clientes del Yakarta piden café con leche para calentar la sangre y salir a soportar de pie el tiempo que sea necesario para conseguir un puesto en la obra. "Botellín no. No hay porras de momento. Hay café con leche, ¿churros, bollos?", recita el camarero y, de paso, avisa a los que se cubren del frío en el local: "Esto es un negocio. Aquí hay que consumir". Las caras de sueño se repiten.

También los gorros calados hasta los ojos, las mochilas colgadas a la espalda, las manos en los bolsillos de los pantalones vaqueros o chándal y las deportivas. Apenas se cruzan palabras. Alguien estornuda y se escucha un "qué frío que hace hoy, chinga'etumadre". "Hoy muchos llegan tarde por el cambio de horario", apunta Luis, quien en Perú dejó a su esposa y dos hijos. Dice conocer a un pata (amigo) peruano que ofrece chambita cerca del Metro de Pueblo Nuevo: "Paga seis euros la hora, todo con papeles. Si nos los tienes, él te los hace. Claro, te cobra. Trabajas meses sin ver un sol (moneda peruana). Yo estuve seis días con él. Acá es mi primera vez".

Hacerse el tonto aunque te estén timando

"La clave es insistir", agrega, "y portarse bien. Hacerse un poco el tonto, aunque sepas que te están timando. Hay que llamar todos los días. La paga, al final. Si la obra se para, pues a la chingada". Media hora después, los pistoleros, algunos de ellos también inmigrantes, aparcan sus furgonetas frente al Yakarta. Evalúan la mercadería (edad, físico, color), hablan por móvil y seleccionan. A veces se bajan del vehículo a negociar. Otras, basta con un gesto -apuntar con el índice o levantar el mentón- para hacerse entender desde el volante. A las siete hay más de una decena de vehículos aparcados. Ocho inmigrantes se suman a una furgoneta de una empresa constructora; pegada a ella hay una de pinturas y más allá otra de cargas.

La oferta es mayor, según los asiduos; la demanda, en cambio, decrece. La crisis del sector inmobiliario se hace sentir y quienes más sufren son los sin papeles, cuyos sueldos, en negro, oscilan entre los 30 y los 60 euros diarios. Si hay paga. El promedio de edad de los oferentes fluctúa entre los 20 y los 50 años. De los más de cien aspirantes de esta mañana, dos parecen menores y sólo hay una mujer. Es brasileña y espera ser reclutada para un restaurante. Los africanos conversan en grupos separados. El idioma es una barrera adicional. Los elegidos escuchan la oferta y se suben a los coches casi sin mediar palabra. Amanece en el Yakarta, donde se escucha el tema Sarandonga, se leen diarios gratuitos y se juega a las tragaperras. Dos sudamericanos se quejan: "Me toca hacer papeles todo el día", resopla uno.

Y el otro retruca: "Yo estuve chambeando en un chalet en Villaviciosa, que lleva cuatro meses parado. 'Te voy a deportar', me dice el patrón. Ese no tiene cara. Primero no paga y luego amenaza, el hijuepua". Son las siete y media. "Quedan seis churros, dos por cabeza, como el ganado", avisan detrás del mostrador. Al otro lado del ventanal, un joven andino saluda triunfal, antes de bajar la cabeza para entrar en un coche de vidrios polarizados. "Un chaval con suerte", coinciden varios. "Diez para las ocho", informa un ecuatoriano, con un balanceo nervioso. Algunos desisten. Pero medio centenar permanece de pie y, en el intercambiador de Plaza Elíptica, sus caras se mezclan con las de quienes acaban de salir de casa para ir a trabajar.

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